DIBUJOS DE LUZ

Villas miseria

El proteccionismo y los retrocesos en la libertad económica en Argentina han hecho que pierda competitividad y pase de ser una nación en desarrollo a un país 'reprimido'

NOTICIA DE ROBERTO LOZANO BRUNA16/12/2012
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Villas miseria

Grupo de viviendas precarias en Ciudad Oculta

El proteccionismo y los retrocesos en la libertad económica en Argentina han hecho que pierda competitividad y pase de ser una nación en desarrollo a un país 'reprimido'

Una villa miseria, su permitida existencia, es el signo de una derrota humana, una más». Esta frase, entresacada de "La vida, la muerte, la Oculta", de mi amigo (hermano, me corregiría él) el escritor, poeta y teólogo bonaerense Jorge Tasín, resume la iniquidad de la sociedad Argentina; una afirmación que también se podría extender a todo el mundo occidental.

Las denominadas villas de emergencia, que pasaron a ser conocidas como villas miseria tras la publicación de la novela "Villa Miseria también es América", de Bernardo Verbitsky, son asentamientos de viviendas de gran precariedad, construidos en muchas ocasiones de forma ilegal en terrenos "ocupados".

Aunque su aparición en Argentina se debe a varias razones, la más importante para muchos expertos en la materia es la falta de recursos económicos para la adquisición de viviendas asequibles por parte de la población migrante. Como consecuencia de la crisis de los años 30, muchos argentinos del interior del país llegaron a la ciudad de Buenos Aires y al llamado cono urbano en busca de empleo, un tiempo conocido como "La Década Infame".

Este éxodo rural, extendido en muchos otros países de Latinoamérica, África y Asia, ha dado lugar a grandes focos de pobreza, marginalidad y violencia extrema. El fenómeno recibe diferentes nombres: favelas, en Brasil; "slums", en la India y en los países africanos que fueron colonias británicas; arrabales, chabolas, etcétera, pero los escenarios son idénticos y responden a la fractura social y al distanciamiento entre las clases acomodadas y las más humildes. Un hecho al que no somos ajenos en occidente y, a lo que según algunos científicos, estamos abocados. Algunos sectores de la comunidad científica, los más pesimistas, afirman además que, según sus análisis de los ciclos de la evolución humana, las próximas generaciones verán hambrunas en Europa.

Ciudad Oculta


La primera vez que entré en una villa miseria fue en Ciudad Oculta, o Villa 15. A primera vista, pensé que respondía a algo ya conocido en otros lugares visitados: los "slums" de África o la India, las favelas de Brasil, las barriadas de chabolas en Ecuador, México, etc. Pero intuí, como comprobé más tarde, que había algo distinto: no respondía a uno más de esos aparentes lugares comunes. A pesar de que entrábamos acompañados por personas que vivían y habían nacido en la villa, tardamos tres días en rodar un plano. La inseguridad en las villas es enorme; todo el mundo desconfía del resto.

Ciudad Oculta, donde viven más de 20.000 personas, es una de las más de 200 villas que hay en Buenos Aires. Su nombre proviene de la construcción de un muro en los meses previos a la celebración del Mundial de Fútbol de Argentina de 1978, planificado por la cúpula de la dictadura militar de Jorge Rafael Videla para esconder la miseria a los ojos de los turistas extranjeros.

Según Jorge Tasín, alrededor de las villas hay muchas medias verdades: «En el barrio hay muchos mitos; el mito de la extrema violencia, el mito de que son todos ladrones, que son todos vagos? Lo que ocurre realmente es que todo está exacerbado. La violencia que nosotros, los que no vivimos en un barrio de ese tipo, canalizamos de un modo determinado, allí fluye de otro, porque allí lo que está permanentemente en juego es lo instintivo, lo primario, la comida, lo que está en juego es la vida; pero la inmensa mayoría de la gente es honrada».

El "paco", droga destructiva


El paisaje humano y vital de las villas cambió radicalmente a principios del siglo XXI con la aparición del "paco" o pasta de cocaína, una nueva droga compuesta por los desechos de la cocción de cocaína procesada con ácido sulfúrico y queroseno, a los que se añaden todo tipo de sustancias: cloroformo, éter o carbonato de potasio y, a veces, hasta polvo de fluorescentes; un estupefaciente altamente adictivo que destruye completamente y de forma muy rápida el cerebro de los que la consumen.

Para Tasín, el "paco" es funcional para el sistema. «La presencia de laboratorios que producen cocaína en Argentina tiene que ver con la anuencia de algunos sectores de las instituciones y de las autoridades, que permiten la manufactura de la droga. Esto supone para el narcotráfico un ahorro de costes, ya que les resulta más barato producirla aquí que en los países donde se cultiva. Además, los chicos que hace 10 años salían todos los días del barrio a robar quioscos, taxis y supermercados chinos, que era su "target" de robo, hoy ya no están, hoy están muertos; y las generaciones inmediatas han reducido enormemente su ejercicio delictivo porque están destruidas por la pasta base, no pueden ni siquiera salir del barrio».

La ausencia de esperanza y de posibilidades de desarrollo personal empuja a muchos jóvenes a caer en las redes de la marginalidad del narcotráfico, primero como pequeños vendedores, y después como consumidores. Entrevisté a varios chicos enganchados al "paco" y su respuesta siempre era la misma: «Fumamos para evadirnos de la realidad».

La droga aniquila totalmente la voluntad hasta el punto de que la vida no vale nada.

Ante este escenario, la aparición de la violencia es, hasta cierto punto, normal. En las villas casi todo el mundo está armado, especialmente los llamados "pibes chorros", delincuentes comunes que salen a robar fuera de las villas.

Para Tasín, el discurso de estos chicos es: «Vos tienes, yo no tengo; vos eres el afuera, vos sois la sociedad; entonces, si mi vida, que soy un pibe de la villa, no vale nada, por qué va a valer la tuya». Y se pregunta: «¿Por qué razón ese pibe que no tiene futuro no va a explotar? ¿Cuáles son las razones que van a impedir que ese pibe agarre un revólver, espere que alguien pare con su auto en un semáforo y le pegue un tiro en la cabeza por unos cuantos pesos? La sociedad a él ya le pegó un tiro en la cabeza, no uno, muchísimos tiros, todos los días».

Un pibe chorro que respondía al nombre de Ariel, que me concedió una entrevista a cara descubierta, declaraba: «Es sencillo, si la sociedad no nos entiende es porque no se pone en nuestro lugar. ¿Y por qué yo me voy a poner en lugar de ellos? Los políticos son igual de ladrones que nosotros, igual -enfatizaba-. Lo que pasa es que ellos no usan armas, no salen a la calle. A mí no me da vergüenza de ser quien soy, por eso muestro mi cara, eso le tendría que ocurrir al Estado y al país de ser como es. Yo no tengo la culpa de ser como soy, la culpa viene de generaciones atrás. Es injusto que nos digan que los pendejos de ahora somos una mierda. No, la mierda fueron ellos y nos hicieron mierda a nosotros. Yo hago esto para dar de comer a mi familia, no estoy orgulloso de lo que hago, pero no siento pudor».

La instrumentalización de la pobreza también se manifiesta en las villas. Los llamados "punteros", representantes en los barrios de algunos políticos prominentes de la ciudad, que cuentan con un miniejército armado para imponer su ley, utilizan a los villeros para manifestarse a favor o en contra del Gobierno, y son los canales por los cuales llegan ciertos beneficios como chapa, ladrillos, comida o puestos en las estructuras políticas para los más allegados. Ethel Oliveira, una villera de Ciudad Oculta, ponía el ejemplo de la presión que esos focos de poder ejercen en el interior del barrio: «Cuando hay votación (refiriéndose a los períodos electorales) te dan diez pesos y te dan el papelito y dicen anda, vete y vota por fulano; pero uno cuando entra ahí, vota por quién quiere», añadía riéndose.

Pero en las villas también hay lugar para los sueños y los soñadores. Conocí a uno de ellos en la llamada Villa 21, tal vez el idealista más grande al que me he acercado jamás, un ser extraordinario, Julio Arrieta. Arrieta consiguió hacer cine en la villa, poner en marcha un grupo de teatro y participar en películas como "Paco", de Diego Rafecas. Pensaba que las películas son la memoria cultural de los pueblos, donde se muestran su vivencia y quería incluirse, no quería quedar marginado: «El mundo está lleno de violencia y la gente de la villa tendría que dar un paso para mostrar que no todos somos tan violentos como creen, que no somos locos asesinos, tiratiros; que tenemos para mostrarle al mundo paz, amor, solidaridad. Lucho para convertir este pedazo de tierra que es la villa en algo potable, porque es parte del mundo y quiero incluirme en él. La gente que no tiene sueños es como que no tuviera alma; no se puede vivir solamente para ganar dinero en esta vida y estoy diciéndolo desde el punto de vista de que siempre fui pobre. Me interesa la plata pero no a la desesperación, yo quiero satisfacer el alma, y el sueño de hacer teatro y cine en la villa es eso: satisfacer mi alma. Con la cultura, ¿los villeros van a llegar al cielo? No lo sé. ¿Al infierno? Ya lo conocimos».

Julio murió unas semanas después del rodaje de "Ciudad Oculta", pero dejó un legado moral inmenso y nos regaló este pensamiento: «Hay que creer en el sueño, luchar por el sueño que uno tiene, porque hay veces que los sueños se convierten en realidad».

"Dibujos de Luz" responde a la forma de pensar de Julio Arrieta: la esperanza en un mundo más justo y también a un deseo, el de desterrar aquella visión de Ryszard Kapuscinski que comparto por entero, y que he sentido en innumerables ocasiones: «Al que viaja por el mundo lo primero que le golpea son sus profundas injusticias».

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