DIBUJOS DE LUZ

Las sombras de la paciencia

«La luz de la guerra siempre es densa: la primera vez que la que sentí fue en un hospital de campaña, en el oeste de Afganistán, donde todo se convirtió en caos»

NOTICIA DE ROBERTO LOZANO BRUNA09/12/2012
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Las sombras de la paciencia

Palestinos en la mezquita de un campo de refugiados en Jordania . :: ANDONI JAEN

«La luz de la guerra siempre es densa: la primera vez que la que sentí fue en un hospital de campaña, en el oeste de Afganistán, donde todo se convirtió en caos»

La luz de la guerra siempre es densa, como una pasta de fango. Puede cambiar de color pero su volumen es plomizo. Se mueve como un bloque ante tus ojos. Aquellos que se la han cruzado nunca volverán a ver igual, ni tampoco a mirar igual. La luz de la guerra regresará a visitarlos cuando no lo esperen, y en las treguas de la vida les asaltará como sombra al caer el día, como mácula de lodo. Es la verdadera luz del hombre, la mancha humana. Una vez que la has visto te seguirá, aunque intentes escapar viajando hasta más allá de los confines del mundo. La luz de la guerra siempre acompaña a los que ha manchado y les convierte en una más de las sombras de la paciencia.

La primera vez que la sentí no fue en líneas de vanguardia. Ocurrió en un hospital de campaña, en el oeste de Afganistán. Allí enterré a los héroes bélicos imaginados o leídos. Todo se convirtió en caos. Ya no había honores para los hombres que guerreaban, solo el horror y la propia tragedia de la historia del hombre.

Un soldado afgano yacía sobre una camilla en una sala repleta de heridos. Temblaba. Una mina antipersona le había destrozado la pierna izquierda que, finalmente, le habían tenido que amputar desde más arriba de la rodilla. Le miré con respeto pero sin compasión y me devolvió una mirada firme, dura y resignada. Allí, mutilado, apareció el verdadero héroe, solo, ante el todo, y ante sí mismo. He vuelto a ver esa luz de nuevo en otras partes de Afganistán, República Democrática del Congo, Iraq, República Centroafricana y otros países. Pero solo cambiaba el color.

En las librerías


Cuando rodé "Las sombras de la paciencia", sobre la posguerra iraquí y la problemática derivada de los millones de desplazados internos y los refugiados que habían huido a los países vecinos -primero de la llamada Segunda Guerra del Golfo u Operación Libertad Iraquí, para unos, y Ocupación de Irak, para otros; y posteriormente, tras el enfrentamiento fratricida entre suníes y chiíes-, había visto las consecuencias del conflicto en la antigua Mesopotamia, pero no era consciente de que la mancha se extendía más allá, cuando el ruido de las bombas y las detonaciones ya no alimentaban lo suficiente a los medios de comunicación internacionales.

Gervasio Sánchez, con el que he tenido el honor de rodar "Los ojos de la guerra", denuncia que las postguerras, cuyas consecuencias, en la mayoría de los casos, son tan graves y trascendentes como los propios conflictos, no interesan y no se cubren con la misma atención, pero las secuelas, el estrés postraumático y el dolor están ahí, no desaparecen.

Los iraquíes se han convertido en el segundo grupo de refugiados más numeroso detrás de los afganos. La mayor oleada de desplazados desde el éxodo palestino. Muchos observadores internacionales temen que este problema llegue a equipararse a la diáspora Palestina. En 1948 los palestinos también huyeron a los países vecinos, donde crearon campamentos que se han mantenido hasta nuestros días. La llegada de los nuevos refugiados provenientes de Irak ha dificultado aún más su propia situación y la de los nuevos desplazados. Literalmente, ya no hay posibilidades de que los países de destino del éxodo iraquí puedan acoger más refugiados.

Gentes de toda clase y condición huyeron de Irak, principalmente a Jordania y Siria, de donde, en el caso de este último, se han visto forzados a huir de nuevo tras el inicio de la guerra civil iniciada por la rebelión popular contra del régimen de El-Assad.

La situación de los refugiados en los países de acogida es dramática. Su vida está limitada a la supervivencia diaria; viven prácticamente de la caridad o del apoyo de familiares y amigos. Carecen de permiso de trabajo y en el mejor de los casos sus posibilidades laborales se limitan a pequeños empleos en la clandestinidad, mal remunerados y con nulas coberturas sociales.

La familia de Maymana Mazin Abdulhamid, cuyos parientes pertenecían a la clase intelectual iraquí -su abuelo fue ministro de Educación durante la monarquía; su padre era decano de la Universidad de Al Nahreim-, se vio forzada a abandonar el país, a pesar de resistir durante un tiempo a las numerosas amenazas de muerte, después de que el asistente del progenitor fuera asesinado. Maymana afirmaba que mientras no se tenga la seguridad de que sus vidas y las de sus familiares no van a correr ningún peligro, los iraquíes en el exilio no volverán.

La guerra se llevó por delante a varias generaciones. Alí Alapadi, un joven ingeniero iraquí formado en la Universidad de Bagdad, decía que no había alternativas: «Los jóvenes no tienen perspectivas. En Irak tenemos un dicho, cuando alguien no hace nada se dice que es como un jardín. Yo me tuve que ir -explicaba- a pesar del dolor de no poder participar en la reconstrucción, porque Irak no es bueno para mí. Ya no creo en mi país. Mis amigos me decían que me tenía que marchar porque yo no me callaba y Al Qaida o el ejército de Al Mahdi me matarían. Tenía novia, pero como sabía que no podría volver pronto, le dije que me dejara, y perdí mi amor».

Las minorías étnicas y religiosas sufrieron con mayor violencia los envites de los enfrentamientos y las diferencias sectarias. Los kurdos, que venían de padecer el acoso del régimen de Sadam Husein durante años, fueron perseguidos tanto por suníes como por chiíes, hasta expulsarlos de muchas ciudades y pueblos. Tuve ocasión de conocer a algunos de ellos, como Mohammed Alí Najin, que fue secuestrado por una de las milicias, que lo torturó salvajemente dejándole graves secuelas de por vida y que me confesó que sunitas y chiitas parecían querer extender su conflicto contra ellos .

También otros grupos que pertenecen a religiones muy poco extendidas fueron masacrados. Conocí a una familia de comerciantes de oro que profesaba la religión de los sabeos; había tenido que abandonar su negocio, dejando todas sus pertenencias a quienes les habían expulsado, y desde entonces tenía que vivir de la ayuda de asociaciones y organizaciones de apoyo a los refugiados.

Un hombre bueno


Pero la historia que más me conmovió fue la de Alí Alapadi, un hombre bueno. El día de su tragedia, se encontraba durmiendo a la hora de la oración principal del viernes; el día anterior se había acostado tarde viendo programas de fútbol, su gran pasión. Le despertó una gran detonación que provenía de una mezquita cercana al lugar donde vivía. Enseguida se percató de que era una bomba. Se vistió rápidamente y se dirigió al lugar para intentar ayudar en lo que pudiera. Cuando llegó, vio un microbús ardiendo y gente que yacía por el suelo envuelta en llamas. Cogió un extintor y se dispuso a apagar el fuego y, entonces, estalló una segunda bomba. Aquella trampa le destrozó las extremidades, dejándole la pierna derecha como una masa de carne y la izquierda despedazada.

Su vida se trunco allí, intentando salvar las vidas de otros. Había conseguido la condición oficial de refugiado y vivía en Amman con su mujer y sus dos hijos pequeños, esperando su traslado a un país de acogida. El último día que le vi me dijo: «Esta noche es el clásico, juegan el Madrid y el Barcelona». Aquella bomba le había dejado sin piernas, pero no le había cercenado su pasión por la vida.

Recuerdo el rodaje de "Las sombras de la paciencia" como uno de los que más dolor me ha causado. Acudí muchas veces a la memoria de algunas de las enseñanzas que me regaló Gervasio Sánchez: «Hay que sufrir el dolor de las víctimas, el impacto del dolor; si no lo sufres, no vas a transmitir con decencia nunca».

Casi dos años después de escribir el guion, cuando la luz de la guerra me visita, recuerdo una frase que redacté de corrido, sin reflexionar sobre lo que escribía, pero que tal vez llegó como impuesta por lo vivido: «Las luces negras de los hombres, cuando se juntan, se convierten en desolación, barbarie e injusticia».

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