DIBUJOS DE LUZ

Cien años de silencio

En muchas zonas de Bolivia, los guaraníes nacen, viven y mueren en una situación de esclavitud sin salir de las tierras del patrón

NOTICIA DE ROBERTO LOZANO BRUNA02/12/2012
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Cien años de silencio

En muchas zonas de Bolivia, los guaraníes nacen, viven y mueren en una situación de esclavitud sin salir de las tierras del patrón

Apesar de no poseer territorios marítimos, Bolivia es el undécimo país con mayor biodiversidad del mundo y la nación indígena por excelencia del continente americano. En el país andino conviven una amplia variedad de grandes y pequeños grupos de aborígenes: aimaras, quechuas, guaraníes, guarayos, ayoreos? que suponen el 60% de la poblacióny lo confieren como una tierra de intercambio de culturas que, además, entremezclan lo amerindio y la herencia hispana.


Durante la época hispano portuguesa en Latinoamérica, las poblaciones indígenas sufrieron la esclavitud y la explotación con la misma brutalidad, y en muchos casos mayor, aunque menos conocida,que en África y otras partes del mundo.


El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa describe esos infiernos padecidos por los indígenas en América del Sur en su novela "El sueño del celta", en la que relata la vida del irlandés Roger Casement, uno de los primeros europeos que denunció los excesos del colonialismo en dos memorables informes que realizó en sus viajes al Congo Belga y a la Amazonía.
En esos memorandos, Casement dio a conocer el salvajismo y los horrores cometidos por los colonizadores en África y América, que produjeron una auténtica conmoción en la sociedad de su tiempo.


Su denuncia, apoyada por la alarma social que sucedió a la publicación de sus estudios en la prensa de Gran Bretaña, actuó como un resorte que provocó la movilización de los gobernantes de la época, obligándoles arevisar los derechos de los indígenas en la Amazonía, a fiscalizar a las empresas que explotaban los recursos naturales examinando sus licencias y el uso y costumbre del comercio en todos los territorios, y finalmente a enviar comisiones que estudiasen el trato que se dispensaba a los nativos.


La tierra sin mal



Muchos años antes de la llegada del irlandés a la Amazonía, ocurrieron dos de las más grandes y bellas utopías de la historia, que en parte tuvieron lugar en el territorio boliviano: el sueño indígena de una tierra sin maldad y la construcción de las reducciones o misiones jesuíticas.


El mito del "IviMaranae" (la tierra sin mal) ha marcado la historia del pueblo guaraní. Según una de sus leyendas, había un lugar donde no existía el mal. Una tierra de una naturaleza paradisiaca, abundante en alimentosy agua y donde no había enfermedades.


Acosados por la esclavitud y diezmados por las nuevas enfermedades traídas desde Europa por los colonizadores, los guaraníes se entregaron a la búsqueda de ese lugar.


Las migraciones de los guaraníes partieron desde Brasil hacia el norte de Paraguay y el sur de Bolivia, asentándose mayoritariamente en los llanos de Chiquitos, en lo que hoy se conoce como

El Chaco, en busca de esa tierra soñada donde no podrían ser "cazados" por las razias portuguesas y españolas para posteriormente ser esclavizados.


Eso dio origen a lo que los guaraníes denominan en su lengua "ÑandeReko" (nuestro modo de ser). Una forma de actuar ante la vida que expulsa de su lado la violencia, una manera de vivir que se hermana con la naturaleza, sin expoliarla ni explotarla, agradeciendo la generosidad de ese ser superior.


Tal vez, todo ello, sea la explicación de ese "buenismo" que emanan las poblaciones indígenas y que en muy pocos lugares del mundo que conozco he vuelto a sentir. Muchas veces me he preguntado de dónde puede venir esa bondad y la única respuesta que he encontrado, y que de algún modo me lo ha aclarado, es la afirmación de Raimundo Amador: «La auténtica libertad solo la conocen el indio y el gitano».


Las misiones jesuíticas fundadas en los dominios del Imperio español en el siglo XVII, y que también responden a una quimera, se establecieron con el objetivo de evangelizar a los pueblos indígenas, pero también supusieron una especie de protectorado para la población. Dentro de su territorio, que funcionaba como un patronazgo real, los misioneros ejercían la administración y podían intervenir en los aspectos sociales, culturales e incluso los militares. En ellas no se podía ejercer la esclavitud, lo que atraía a los indígenas a las reducciones en busca de protección.


Pero, una vez más, los sueños de los guaraníes de una tierra sin mal y las reducciones fueron desterrados.


¿Esclavos en el siglo XXI?



En mi primer viaje a Bolivia, en junio de 2003, comprobé que la situación de muchos pueblos indígenas no había cambiado, o había cambiado muy poco, desde aquellos tiempos en que Roger

Casement denunciara los infiernos a los que estaban sometidos los nativos.


En muchas partes del país andino, como en Chiquisaca, en el Chaco boliviano, muy cerca de la frontera con Paraguay, la propiedad de las tierras está en manos de grandes terratenientes que poseen cientos y a veces miles de hectáreas dedicadas al cultivo y la ganadería extensivas. Los guaraníes son la mano de obra que trabaja en esas haciendas.


Su situación se puede calificar, sin ningún género de duda, de esclavitud. Nacen, viven, trabajan y mueren en las tierras del patrón. Él es, asimismo, quien regula y decide todo lo que ocurre en sus dominios, desde la aprobación de matrimonios hasta qué niños pueden seguir estudiando.


Los guaraníes contraen además deudas que los empalan a la hacienda de por vida. Cuando necesitan bienes de primera necesidad, como sal, azúcar, aceite o medicamentos que no se encuentran con facilidad en estos territorios, los hacendados les hacen préstamos que tienen que devolver con altísimos intereses y si no los pueden cubrir, las deudas pasan de padres a hijos. La misma instrumentalización de la pobreza que se lleva a cabo en muchos otros lugares de Latinoamérica.


Durante aquel viaje, tuve la ocasión de convivir en la selva con varios grupos de guaraníes. Me costó grandes esfuerzos ganarme su confianza; no les faltaban razones para tener recelos de un hombre blanco, llevan generaciones sufriendo nuestro acoso y creo que han desarrollado un gen que los pone en guardia contra todo extranjero que se acerca a ellos.


Después de unos días comenzaron a vernos como no hostiles y a hablar abiertamente. Un joven guaraní me contó lo que les ocurría a los indios que no se «portaban bien»: «Cuando alguien no sigue las reglas, el patrón de la hacienda a la que "pertenecemos" envía a los espíritus del cielo para que se lo lleven».


Pregunté qué ocurría después, a lo que me respondió que a los guaraníes que no se amoldaban en su totalidad a las normas y deseos del hacendado, los espectros alados los hacían desaparecer y jamás volvían a ser vistos. Más tarde descubrí que aquellos "espíritus del cielo" con los que les amenazaba el patrón eran los aviones a reacción que surcaban los cielos de la selva.


Los guaraníes no conocen otra vida, no saben que tienen derechos y poder de decisión para abandonar la hacienda. En los últimos años muchas organizaciones no gubernamentales están comprando tierras para que familias enteras dejen atrás ese sistema de esclavitud y puedan vivir y cultivar en sus propios terrenos. Algunos responsables de los proyectos de liberación declaraban que era muy difícil acceder a las haciendas y que, en muchos casos, ese estado de terror a los que son sometidos complicaba los movimientos para convencer a los indígenas de sus derechos. Ante esas dificultades, se apoyaban en guaraníes liberados, que informaban de los derechos a los que permanecen en las haciendas.

El mal de Chagas



A pesar de esa aparente inocencia, adquirí muchas enseñanzas de la cultura guaraní, de su profundo amor y conocimiento de la naturaleza, de la forma de relacionarse con su entorno, pero sobre todo aprendí a comparar su manera de vivir con la nuestra, lo que nosotros en occidente hacemos en contra de esa naturaleza, viviendo a expensas y de espaldas a ella.


En 2009 volví a Bolivia para rodar un documental sobre otro de los grandes problemas a los que se enfrentan los pueblos indígenas: el mal del Chagas. Entre 10 y 15 millones de personas en varios países de América Latina, entre los que se encuentra Bolivia donde hay más de un millón de enfermos, padecen la enfermedad.


El Chagas, o la tripanosomiasis humana americana, es una enfermedad infecciosa provocada por la vinchuca, una especie de chinche que se alimenta de sangre. El insecto tiene un estómago muy pequeño, lo que le hace defecar casi al mismo tiempo que ingiere. Cuando la vinchuca portadora del parásito pica a un humano deposita las heces en la piel, y si la persona se rasca o se frota los ojos o la boca después de haber tocado la picadura, los parásitos pueden pasar al flujo sanguíneo. Si una vinchuca pica a una persona afectada por el chagas, el insecto se infecta del parásito y el ciclo continúa.


La enfermedad también se transmite por transfusiones de sangre contaminada, durante el embarazo de madres a hijos, por trasplantes de órganos y por la ingesta de alimentos contaminados.


Las consecuencias pueden llegar a ser muy graves: el Chagas debilita el corazón y el sistema digestivo y, si no se detecta a tiempo, puede llegar a causar la muerte. Muchos jóvenes en edad laboral no pueden desempeñar ningún tipo de trabajo físico por las secuelas de la enfermedad, lo que supone una enorme pérdida para el país.


Antes de que en 1909 el doctor brasileño Carlos Chagas anunciase a la comunidad científica el descubrimiento de la enfermedad que lleva su nombre, la descripción del parásito que la provoca y el vector que la transmite, la vinchuca era incluso venerada en muchas zonas de Bolivia. En muchos lugares se creía que un hogar que tuviese abundancia de estas chinches era un lugar saludable. Muchas personas, cuando tenían algún mal o dolor, se ponían vinchucas en la cabeza creyendo que con sus picaduras sanarían.


Según un estudio de 2007, menos del 0,5% de la inversión mundial destinada la investigación y desarrollo para enfermedades olvidadas se destinó al Chagas.

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