DIBUJOS DE LUZ

Galaba (corazones de piedra)

NOTICIA DE ROBERTO LOZANO BRUNA25/11/2012
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Galaba (corazones de piedra)

Bella, en el centro, con dos amigas saharauis. :: R. L. B.

La situación de los saharauis se ha convertido en una de las mayores injusticias de nuestra era y en una vergüenza para España

Querido hermano: la vida en el desierto es dura, pero eso es porque este no es nuestro Sáhara, aunque para los ojos poco acostumbrados pueda parecer idéntico. Solo algunos afortunados como aquel joven piloto francés, Antoine, creo recordar que era su nombre, al que conocí hace unos años y que luego supe que se dedicaría a escribir, pueden llegar a comprender, como él mismo anotó en su cuaderno, que si al principio el Sáhara se presenta vacío y silencioso, es porque no se entrega a amantes ocasionales.

A lo largo de estos años he aprendido a amar al desierto, aún más si cabe, y no hay día que pase sin que me acuerde de las palabras de nuestro padre cuando decía: el Sáhara es nuestro hogar. Aquí el hombre puede ser libre si comparte su corazón con el desierto, porque este le devolverá sabiduría y felicidad si sabe ver y escuchar en su interior, porque lo esencial es invisible al ojo humano.

Nuestra gente sigue sufriendo. Muchos creen haber perdido toda esperanza de volver. Algunos incluso hablan de vientos de guerra. Son muchos años ya de espera, de tensa y larga espera, incluso para los que están acostumbrados al silencio de las piedras y la arena».

Así comienza "Carta a un rehén", el primer documental que rodé en los campamentos de refugiados de Tindouf en Argelia.

La situación del pueblo saharaui se ha convertido en una de las mayores injusticias de nuestra era y en una de las grandes vergüenzas de nuestro país. Han pasado más de tres décadas y el conflicto sigue en vía muerta, sin tener una respuesta de la comunidad internacional.

Siempre he tenido un especial interés por la causa saharaui. Pocos pueblos tienen la dignidad de estos hombres y mujeres, arrojados y obligados a vivir en la hammada argelina, una de las zonas más áridas de nuestro planeta.

El desierto te obliga a volver a mirarte dentro. Allí, ante la nada, estás ante el todo. No puedes huir. Tu corazón está expuesto ante el espejo de la arena y se desboca como un "mehari" en celo. Nunca, como en un desierto, he sido más consciente de la injusticia de los hombres y de nuestra propia fragilidad e insignificancia.

A finales de 2009 le propuse a Javier Reverte, uno de los grandes autores de literatura de viajes, a quien tampoco le es ajeno el problema de los saharauis, viajar en la primavera del año siguiente a los campamentos de refugiados de Tindouf. Hablamos mucho sobre cómo enfocarlo y le propuse realizarlo como un documental de creación.

La historia la protagoniza un escritor, que encarna el propio Reverte, y una niña saharaui, Bella Hamma Embaric, que se conocen en el desierto durante la visita del literato a los campamentos. En su primer encuentro, la niña, mostrándole un grabado que ella misma ha pintado en un cuaderno,le pregunta:

-¿Qué ves en este dibujo?

La figura es una copia exacta de una de las ilustraciones que Antoine de Saint-Exupéry pintó en "El principito". Siguiendo una lógica "normal", al igual que el escritor, la mayoría responderíamos que es un sombrero.

Pero a Bella esa respuesta no le convence, su visión es más amplia; un alma infantil tiene la capacidad de ver más allá de lo convencional y lo razonable y le da a Javier otra oportunidad para responderle, pero le pide que sea al cabo de unos días. Durante su estancia, Bella y su familia le muestran al escritor la cultura del pueblo saharaui y revisan la historia del conflicto, viajando por el desierto donde se desvela la dura vida de los refugiados.

El ser humano ha tratado de enseñar cómo resolver sus miedos, preguntas, dudas morales y los misterios de su propia existencia a través de fábulas.

Bella le confiesa a Javier Reverte que tiene el sueño de dedicarse a escribir y comparte con él un cuento que es el espejo de la tragedia de su pueblo.

Los nombres de las estrellas


«Hace muchos años, en los desiertos del sur, habitaba una tribu nómada que vivía del pastoreo de sus camellos. Se llamaban así mismos galaba, corazones de piedra, como denominan los saharauis a los promontorios que aparecen repentinamente en el Tiris, una zona liberada, cuna de su cultura. Se creían libres de todo mal y ajenos a las injusticias del mundo. Tenían un secreto que les otorgaba mayor fuerza que otras tribus: la leche de sus camellas poseía extrañas cualidades que les hacían invencibles ante sus enemigos. Pero la leche solo tenía propiedades mágicas cuando las camellas eran ordeñadas por un viejo "deyar", un buscador de camellos extraviados que conocía el lenguaje de las estrellas.

Todas las tardes, justo antes del anochecer, el viejo "deyar" se retiraba en solitario a la "badía" (desierto en hassanía), sin que nadie le observara, y allí, solo ante la inmensidad del universo, levantaba sus brazos al firmamento para ofrecer su conjuro a la Vía Láctea y dar las gracias al cosmos por compartir con él su secreto y permitirle obtener el preciado poder de la leche.

En aquella época había un rey que vivía al norte de la tierra de los galaba. Siempre había codiciado la leche de los nómadas, conocedor de sus sobrenaturales poderes. Su gran ambición desde joven había sido poseer sus rebaños de camellos. Un buen día decidió que había llegado la hora de intentar conseguir el secreto de aquella tribu y envió a su mejor hombre para que consiguiera hacerse con su preciado tesoro.

Al día siguiente, su alférez partió sobre un caballo portando una bandera con dibujos de estrellas y un halcón sobre su hombro y se dirigió hacia la tierra donde habitaban los galaba. Al llegar a sus territorios, algunos de los nómadas se asustaron. Pero el viejo "deyar" dijo que si alguien portaba una bandera con estrellas no podía venir con malas intenciones. Los nómadas, como es costumbre en el desierto, acogieron hospitalariamente al visitante, ajenos a sus verdaderas pretensiones.

Durante los siguientes días, se fue ganando la confianza de las gentes, y una noche, como le habían contado que el viejo "deyar" era quien poseía el secreto, decidió seguirle sin ser visto. Escondido detrás de una duna asistía al ritual, pero no podía comprender nada porque las palabras que utilizaba el anciano estaban en una lengua ininteligible para él.

Impotente, antes de que el anciano nómada acabara su ofrenda, se acercó amenazándole con su alfanje:

-Alférez: ¡Maldito viejo, dime las palabras secretas o te cortaré el cuello con mi acero!

-"Deyar": Aunque te las dijera jamás conseguirías lo que quieres, porque tu corazón no habla desde la verdad, sino desde la codicia, y las estrellas no entenderían tus palabras.

El soldado, temblando de ira, dejó caer su espada con todas sus fuerzas, arrebatando la vida del viejo "deyar".

A la mañana siguiente, el poderoso ejército del rey del norte, avisado por el halcón del alférez, llegó a las tierras de los nómadas que, sabiéndose inferiores ante los numerosos soldados y sin las propiedades mágicas que les proporcionaba la leche, huyeron hacia el sur dejando atrás sus jaimas.

Aquel día, al llegar la noche, todos miraron con curiosidad y asombro al cielo: la Vía Láctea había desaparecido del firmamento.

Durante muchos años los galaba deambularon por los caminos perdidos del sur, en las tierra yermas. Pero tenían una fe inquebrantable: todos pensaban que algún día llegaría un nuevo "deyar", alguien que conociese las palabras que debían recitarse a las estrellas y de nuevo volverían a su hogar, con sus camellos y a beber de nuevo la preciada leche del polvo de los astros.

Y aquel día llegó.

Era una noche tan negra como la piedra de un galb (singular de galaba). Del sur apareció un niño montado en un "mehari" de un blanco luminoso. Parecía un pequeño príncipe. Se acercó a la hoguera en la que un grupo de nómadas galaba fumaban "maniya" en sus "tubas" y les dijo muy seriamente:

-Pequeño príncipe: Hola, ¿alguno de vosotros es capaz de decirme cómo era la Vía Láctea?

Todos se miraron asombrados. Pensaban que debía ser un niño que se había extraviado de una caravana. Era imposible, nadie podría recordar el lugar donde estaban las estrellas.

Pero uno de ellos, el más anciano, se levantó y mirando a la oscuridad de la bóveda celestial, comenzó a relatar los nombres de las estrellas, marcando en el firmamento el espacio que recordaba que ocupaban en los cielos de su infancia.

Entonces, el pequeño príncipe, alzando sus brazos al cielo, comenzó a recitar un poema en una extraña lengua. Nadie entendía el significado de aquellos sonidos. Era una poesía de una increíble belleza, parecía como si las palabras surgiesen desde su pequeño corazón.

Mientras iba recitando, arriba en la capa del cielo, poco a poco iban apareciendo de nuevo las estrellas, con una luz centelleante.

Entonces el anciano se acercó a una camella que estaba a pocos metros del fuego para ordeñarla, y al probar el líquido recordó el sabor de la leche de las estrellas y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-«¡No llores!», le dijo el pequeño príncipe: «Todo está bien. Mañana recoged vuestras jaimas y dirigíos a vuestras tierras.»

A la mañana siguiente emprendieron el camino hacia sus fértiles pastos. Los soldados del rey, al verlos llegar montados sobre sus "meharis" rodeados por una extraña luz, salieron huyendo, y todavía hoy los galaba siguen viviendo allí, bebiendo la leche del polvo de las estrellas».

Como comprendió Antoine de Saint-Exupéry, el espejo de la arena te vuelve a descubrir la esencia de tu alma infantil. Aunque expulsemos esa arena de nuestra conciencia, el viento nos la traerá de nuevo. No se puede huir.

Si sabemos ver y escuchar, recordaremos que aunque un dibujo pudiera parecer un sombrero, no es tal cosa, sino una serpiente boa que hace la digestión de un elefante.

¿O es la injusticia que sufre la indigestión de todo un pueblo?

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