DIBUJOS DE LUZ

El mundo de los otros

NOTICIA DE ROBERTO LOZANO BRUNA18/11/2012
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El mundo de los otros

Guineano en una ceremonia tribal. :: R.L.B.

Las redes de narcotráfico utilizan Guinea-Bissau, incluida en la lista de Estados fallidos por su grado de corrupción, como base para introducir cocaína en Europa

La relación del mundo desarrollado con África siempre ha sido como el trato que se dispensa a una amante de pago: se la usa, se le entregan unas monedas y se sale despavorido, sin mirar atrás, sin ver lo que se deja, ni cómo y en qué condiciones queda, sin atreverse a mirar demasiado por temor a no poder soportar la propia conciencia.

Durante siglos, el continente africano ha sido la despensa que proveía a Europa y al nuevo mundo de mano de obra gratuita que permitía el desarrollo de occidente, sin compasión, excusado con autoengaños que, incluso, llegaron a calificar a los africanos de no humanos.

Esa brutalidad pasará a la historia de la humanidad como una de las mayores injusticias de nuestro paso por el planeta. Muchas de las mayores atrocidades que ha cometido el hombre se han llevado a cabo en el continente negro, e incomprensiblemente, se siguen produciendo en el tiempo en que nos ha tocado vivir.

África sigue siendo expoliada de norte a sur y de este a oeste, en todos los países y lugares: petróleo, gas natural, madera, minerales preciosos? He tenido la ocasión de constatar, por poner un ejemplo, cómo desde la República Democrática del Congo, en el Kivu Norte, helicópteros de grandes empresas internacionales cruzaban la frontera hacia Ruanda transportando casiterita y coltán, el material usado en los condensadores electrolíticos de tantalio de los teléfonos móviles, sin ningún tipo de control ni de pago de aranceles.

Guinea-Bissau también vivió ese encuentro con el falso amante que le daba unas monedas a cambio, uno de los muchos países africanos que vivieron el paso de una colonia extranjera. Es posible que Bolama, la que fuera capital durante la época portuguesa, sea una perfecta metáfora de lo que fue la descolonización en algunos países africanos. La ciudad se encuentra en la mayor isla del archipiélago de las Bijagós, declarada reserva de la biosfera por la Unesco, un paraíso rodeado de manglares y bosques en el interior.

Llegamos a Bolama en el barco que parte desde Bissau, navegando en algunos puntos con tan poco calado que las hélices rozaban el fondo levantando el fango. Solo una tripulación experta y conocedora de las islas es capaz de asegurar la navegación por estas aguas. La primera vista me confundió, parecía que estábamos arribando a una ciudad de un país caribeño. Desde la cubierta se divisaban las primeras construcciones de la época colonial, y a la entrada del puerto ya se apreciaba el estado de decadencia de los edificios.

Bolama es un lugar extraño. Los buitres se pasean por la población y miles de murciélagos anidan en los árboles y en los edificios. La urbe llegó a tener piscina municipal y cine, y algunas construcciones, como la de la gobernación, recuerdan a los edificios de Washington.

Bolama, como tal, fue fundada en 1687 por Portugal como centro portuario, convirtiéndose en un importante enclave comercial. El problema principal de la ciudad, y de muchos otros lugares de Guinea-Bissau, es la escasez de agua dulce. Durante el colonialismo, los portugueses dotaron a la villa de un depósito y una red de canalizaciones que abastecían de agua potable a la población. El viejo aljibe sigue aún en pie, aunque ya está en desuso, y en muchos lugares de la ciudad se ven los viejos tubos de la red de agua emergiendo de la tierra, fracturados y oxidados.

El abandono y la decadencia de todas esas infraestructuras empujaron a la población a abastecerse de agua mediante la construcción de pozos en los quintales de las casas. Pero al no existir tampoco canalización de aguas residuales, el agua está contaminada. Los análisis que se han hecho arrojan altas concentraciones de coliformes y enterococos. Los problemas intestinales y las diarreas son habituales, y se dan casos de brotes de cólera.

Víctor Madrigal, responsable de la ONG Aida, que está llevando a cabo proyectos de agua en Guinea-Bissau, nos explicaba que para un guineano tener una diarrea de vez en cuando es lo normal. «Tratar de explicar a la gente que el agua tiene unas bacterias que pueden provocar enfermedades es muy complicado. Cambiar la mentalidad de la gente es difícil, porque aquí la gente está acostumbrada a no pagar por el servicio del agua, ya que lo obtienen de forma gratuita en sus pozos». El agua es causante de muchas muertes, sobre todo de niños menores de cinco años (en Guinea-Bissau mueren mil niños al mes).

Abdulay Robalo Embalo, un guineano que trabaja en cooperación al desarrollo, me explicaba que, después de la independencia, la transferencia de la colonia se hizo de una manera rápida, casi traumática, sin prestar apoyo a los que se quedaron en el poder con la responsabilidad de gestionar las inversiones.

«No hubo una mala salida», afirmaba, en contraste con la opinión de Embalo, el comandante portugués Guilherme Alpoim Calváo, que dirigió a parte de las fuerzas portuguesas durante el período de la independencia y que ahora, a sus casi 80 años, ha vuelto para intentar reabrir la vieja fábrica de envasado de anacardo en la isla. «La gente que se quedó fue la causante de toda la destrucción. Nosotros aquí erradicamos la enfermedad del sueño, combatimos el paludismo, hicimos inversiones. ¿Quién se quedo aquí y no siguió con todo ello? Yo estoy aquí para ayudar a esta gente, por mi parte no tengo responsabilidad ninguna. El problema principal de este país son los políticos», declaraba un tanto molesto.

«La mayor parte de la responsabilidad es nuestra -reconocía Embalo-, pero con una tasa tan elevada de analfabetismo, es muy difícil hacer comprender a la población de las necesidades de un cambio. Además, sin dinero no se puede hacer prácticamente nada».

El grado de corrupción de Guinea-Bissau le lleva a entrar en la lista de Estados fallidos. Los enfrentamientos entre el Gobierno, los militares y la gendarmería se reproducen con facilidad y los intentos de golpes de Estado son habituales. En los últimos años, las redes de tráfico de drogas están usando al país como base de operaciones para introducir la cocaína en Europa, y hay muchas voces que lo califican como un narcoestado. El país está estancado en su rumbo al desarrollo.

Ese profundo grado de subdesarrollo ha provocado la aparición de un nuevo fenómeno conocido como el problema de los niños talibés (estudiantes). En las comunidades musulmanas, principalmente en el entorno rural, es común la tradición de la daara: los padres pagan a un maestro para que forme a sus hijos en el aprendizaje del Corán y la lengua árabe durante las primeras horas del día para que, de esa manera, puedan tener tiempo para trabajar en los pequeños campos familiares.

Pero ante la progresiva desaparición de las escuelas coránicas y, sobre todo, a la escasez de recursos, muchos progenitores envían a sus hijos desde edades muy tempranas a estudiar a las escuelas coránicas de Gambia y Senegal.

Cuando llegan a su destino, los marabús, muchos de ellos falsos maestros coránicos que tienen bajo su custodia a decenas de niños, les obligan a ejercer la mendicidad exigiéndoles traer 500 Francos, 5 kilos de arroz y 20 piezas de azúcar que luego ellos mismos venden en los mercados. Si no lo consiguen, son castigados físicamente con gran brutalidad. Los niños se ven obligados a permanecer en las calles durante días y a veces semanas hasta que lo consiguen, vestidos con harapos, malcomiendo, algunos de ellos enganchados a la cola de pegamento que les inhibe de su situación y sin posibilidad de estudiar. Según las organizaciones no gubernamentales, en la región de Senegal existen unos 100.000 niños talibés.

El hombre occidental es consciente de que ha dejado un lecho sucio que le ha proporcionado una amante poco exigente, pero prefiere olvidarlo al salir, en cuanto cruza el quicio de la frontera, sin querer recordar que África le amó incondicionalmente.

El gran periodista Ramón Lobo lo explica de forma ejemplarizante: «Mientras con un simple movimiento yo abro un grifo y sale agua caliente, muchas mujeres en África tienen que caminar cinco, seis o siete horas, para conseguir agua que es más insalubre que la que tengo yo en mi taza del váter. Esas horas que tengo de ventaja sobre ellas, puedo estudiar, leer, tener ocio; es la diferencia. Ellos no son pobres porque sean idiotas, lo son porque han vivido explotados. La diferencia entre nuestro mundo y el otro no es una casualidad. Nosotros somos países que vivimos explotando una parte importante del mundo y gracias a su pobreza tenemos nuestra riqueza».

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